Cuando me siento al piano a veces pienso que tocar es como jugar a ser dios. No en una forma arrogante ni mucho menos soberbia, sino que me gusta la analogía, pues al tocar se está creando algo que antes no existía, una melodía que rompe con el silencio y que penetra en el pensamiento de quién lo escucha , aunque sea yo mismo.
Yo tengo fe de que como seres humanos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y como tales, hemos heredado también esa facultad de creación. Esa capacidad la manifestamos cada quién a su manera, y en mi caso se manifiesta en la creación musical. A veces me sorprendo al escuchar la música que sale de mis dedos al momento de tocar, pues surge de una forma inconsciente, es simplemente sentarme en el piano y ponerme a tocar en modo “automático” siendo para la parte consciente de mi cerebro a veces hasta admirable que de mis manos surjan melodías que no me esperaba.
De allí, es que pienso en ese don que Dios me ha regalado, pues la música es para mí ese poder (quizás mínimo) que he heredado del creador.
Esto me hace valorar más esa habilidad, la cual me veo en la responsabilidad de afinar cada vez más para poder hacer uso de ella de la mejor forma posible.
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